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Europa y sus hijos

Desde sus humildes comienzos, la gran familia de Europa no ha dejado de crecer. Todo empezó una tarde lluviosa hace mucho, mucho tiempo...

Corría el año 1957. El 25 de marzo, por la tarde, la familia europea era concebida en un ambiente de jolgorio y celebración. La lluvia que golpeaba el Capitolio de Roma no consiguió aguar la ï¬ esta a quienes se encontraban dentro, en el lujoso salón de baile del Campidoglio. Once ancianos representando a sus seis países respectivos. La versión oï¬ cial dice que se encontraban allí para firmar un acuerdo sobre cooperación económica y nuclear.

Probablemente, lo que realmente pasó en aquella sala nunca llegue a saberse. Indigo jamás se atrevería a romper un silencio que dura ya tantos años, pero sí hay algo que podemos desvelaros: los jefes de Estado y de gobierno consiguieron colar a sus mujeres por la puerta de atrás. Como todo el mundo sabe, las mujeres suelen sentirse enormemente atraídas por el poder, así que imagínate la fascinación que les produjo ser testigos de un acontecimiento histórico. Parece lógico que todas quisieran recompensar a sus maridos por el duro trabajo que habían tenido aquella tarde, así que decidieron hacerlo allí mismo. La “ceremonia” terminó en menos de una hora. El ministro belga Henri Spaak, irrumpiendo en la sala de baile con la camisa desabrochada, proclamó: “Este acto será recordado en la Historia de Europa”.

Nueve meses y seis días después, el 1 de Enero de 1958, seis bebés nacieron en la maternidad del hospital universitario de Roma. Tres chicos y tres chicas: el pequeño Jean, de Francia; el italiano Francesco; Michel, el bebé alemán; la belga Emma; Sanne, holandesa; y Octavie, de Luxemburgo. Los padres, conscientes de la relevancia del nacimiento, decidieron dar a sus hijos una educación muy especial. Por ello contrataron a una niñera de fama internacional: Europa, hija de la nobleza griega, que los acogió para enseñarles a todos los mismos buenos valores.

La prensa no cabía en sí de alegría. Una década antes esto hubiese sido impensable. La familia se había pasado tanto tiempo enemistada que los malentendidos entre Capuletos y Montescos parecían  cosas de críos. Ya... ¿y ahora seis niños de nacionalidades diferentes iban a crecer en armonía?

Nadie envidiaba a la niñera pese al puesto que ocupaba. Desde el principio fue complicado conseguir que Jean  fuese por el buen camino. En 1963, una pareja británica preguntó si su pequeño podría algún día formar parte de la familia, pero Jean, testarudo, contestó entre dientes: “¡Por encima de mi cadáver!”. Era un chico muy problemático. Mientras que los demás niños se divertían jugando en las carboneras, él siempre se quedaba en su cuarto, entretenido con su enorme arsenal de juguetes atómicos. Apenas había cumplido los 8 años cuando Jean dejó de participar en las comidas familiares; su silla permanecía cada vez más tiempo vacía. La niñera sabía que forzarle iba a ser inútil, y que no hacer nada daría mejores resultados. Inteligente como era, se propuso reconciliar al grupo. Durante unas vacaciones en Luxemburgo, la familia decidió que cada uno necesitaba su propio espacio para desarrollarse aparte de los objetivos comunes.

Cuando los niños cumplieron nueve años, mamá Europa decidió mudarse a Bruselas. Inmediatamente , la  familia convocó una conferencia para intentar arreglar  cualquier asunto, desde pequeñas discusiones de alcoba hasta batallas campales que pusiesen en peligro las buenas relaciones entre familiares. La jugada obtuvo beneficios inmediatos. Pese a lo complicada que suele ser la pubertad, se sacó adelante con gran éxito y no llegó a dañar al sexteto de jóvenes. Tras el desenfreno hormonal de chicos y chicas, su desarrollo había aumentado tanto que pidieron a mamá Europa que adoptara cuatro nuevos hijos. Ella estaba emocionada con la idea, sobre todo porque años atrás, muchos padres de países como Dinamarca, Irlanda, Reino Unido o Noruega habían expresado su deseo de introducir un hijo suyo a la prestigiosa familia. La tragedia ocurrió cuando la madre noruega sufrió un aborto, pero aun así, 1973 vio nacer tres nuevos bebés: Mathilde, Patrick y Emily. Patrick dio problemas desde el primer momento, ya que nació pesando 2,6 kg. Pero gracias a una dieta nutritiva y mucho amor de madre, el joven irlandés consiguió crecer rápidamente y desarrollarse.

La armonía en la familia 'patchwork' aumentaba por momentos. Cuando la madre Europa decidió introducir una nueva unidad para la paga semanal, el ECU, sólo la egocéntrica (pero descendiente de los Windsor) Emily pensó que era una tontería y se negó a participar en el proyecto. Amablemente, se le permitió seguir como hasta entonces.

En un periodo de tiempo relativamente corto, la comunidad se tuvo que enfrentar a nuevos retos: tres nuevos padres querían introducir  a sus hijos en la familia. Hubo una fuerte polémica en torno a Georgios, cuyos padres griegos habían tenido que convocar una junta gubernamental debido a los autoritarios métodos educativos que se utilizaban. Al parecer, era una práctica tradicional golpear a los niños con una vara como castigo por sus travesuras. Finalmente, y tras mucha deliberación, la familia vio que los padres de Georgios se habían calmado en los últimos tiempos y abrió sus brazos a nuevos miembros en 1981.

 

Cinco años después se traspasó la barrera de los doce hijos. Europa estaba llena de júbilo por la entrada en la familia de Rui y Alejandro, que lucían un bonito bronceado, pero sabía que las diferencias en la familia irían creciendo. Los seis hermanos mayores estaban enriqueciéndose mucho a base de  trabajar en la industria y en el sector de servicios. Sus lazos familiares eran tan fuertes que todavía vivían en casa. Esto con- venía mucho a Francesco, el italiano, que lo disfrutaba intensamente (probablemente lo llevaba en la sangre). Los dos pequeños se pasaban el día correteando por los jardines y los prados y poco tenían que ver con los hermanos mayores.

Entonces, Europa, en contra de lo habitual, tomó una sabia decisión: resolvió que debían centrarse menos en el tema monetario y ocuparse un poco más de la responsabilidad social. Con este fin, se cambiaron el nombre a “Unión” durante las vacaciones de invierno de 1991, que pasaron en la coqueta Maastricht. La familia decidió que debía responder también por las necesidades de otras familias y presentar un mensaje común a la sociedad. También llegaron a la conclusión de que celebrar reuniones periódicas para jugar a polis y cacos no haría mal a nadie. Aaaah… Se habían hecho mayores. Europa ya no tenía que limpiar culitos ni cantar nanas para dormirles.

Los cambios tuvieron inmediatamente un efecto positivo en todos los miembros de la gran familia. El buen Michel, un alemán ya viejo, había estado sufriendo durante los últimos años un desarreglo bipolar de personalidad, pero se había recuperado bien y estaba envejeciendo como el más fuerte de todos. Ya ni siquiera asustaba a los demás. La adopción de Elisabeth, de Viena, la rubita sueca Anna y la finlandesa Iida no desestabilizó a la familia.

Fascinada por el impresionante tamaño que tenía para entonces la familia, Europa anunció ese mismo año que no estaba por la labor de dejarla así. Lo que es más, planeó un gran aporte a la familia, en el que al menos otros diez niños tendrían su lugar. Ninguno de los presentes se atrevió a llevarle la contraria y todos decidieron que lo mejor era guargar silencio. Con esto, una nueva dinámica había nacido.

Otras vacaciones en Ámsterdam en 1997 (ya sabes cómo suelen acabar las vacaciones en esta ciudad) dieron a la madre libertad de poderes en la toma de de- cisiones. Tres años mas tarde recogieron sus bártulos y se pusieron de camino a la Costa Azul, donde se deberían completar los trámites de otra de las adopciones. Los murmullos de las filas de atrás se podían oír. Para cuando llegaron a casa, todos tenían una idea muy clara: “¡Necesitamos un contrato familiar!”. “No puede ser tan difícil”, pensó Europa. “Los escribiré todo más tarde cuando tenga un rato de tranquilidad. Los niños podrán leerlo y todos dirán qué buena madre que soy”.

En la errónea creencia de que su poder era absoluto, Europa pasó el contrato de un extremo de la mesa al otro, y vuelta. No estaba concentrada porque su mente estaba a otra cosa: más niños, más bebés en la familia. En mayo de 2004 vio otro minibús pararse delante de la enorme casa de campo de la Unión. Diez maravilladas parejas se bajaron de él, con diez recién nacidos en sus brazos: Eric, de Estonia, la guapa letona Liga, la lituana Ona con sus grandes ojos verdes, el excepcionalmente alto para su edad Jakub, los gemelos Tomas, de la República Checa, y Pavol, de Eslovaquia, la pequeña Marija de Eslovenia, el noble húngaro Karol, el agradable Joseph de Malta, y la chipriota Dimitra. Su parto había sufrido complicaciones y estaba paralizada de un lado, pero los médicos no pierden la esperanza y esperan poder encontrar un remedio pronto.

La envejecida Europa no podía caminar con la cabeza alta debido a que sus veinticinco hijos sobrepasaban todas las expectativas originales de su pequeño proyecto. Como ella tenía trabajo corriendo detrás de los pequeños de la familia, un viejo amigo, Valery Giscard d’Estaing, hermano del padre biológico de Jean, se ofreció para redactar las nuevas normas de la casa. Se puso manos a la obra inmediatamente, y después de muchas noches escribiendo a la luz de la vela, la obra maestra estaba terminada. Cada hijo recibió una copia en su mesilla de noche. Algunos, como la belga Emma y la austriaca Elisabeth, por ejemplo, se pasaron la noche leyéndolas bajo las sábanas, y a la mañana siguiente anunciaron orgullosas que les encantaba la idea. Uno detrás de otro, a lo largo de los días posteriores, los niños fueron dando la misma respuesta que sus hermanas, aunque algunos se mostraban más reticentes que otros. De repente, en una lluviosa noche de mayo de 2005, Jean y Sanne entraron corriendo en el comedor, echando humo, furiosos. “El tío Valery está mal de la cabeza. ¡Esto es una chorrada! Primero, nadie nos pregunta, y luego, ¡nos hacen decidir deprisa y corriendo acerca de esta porquería sin darnos tiempo para pensar! ¡Por encima de nuestro cadáver!” Rompieron en pedazos las nuevas reglas y desaparecieron, dando un portazo al salir.

Un silencio espantoso planeaba sobre la mesa del comedor, desde donde todos los demás habían observado el terrible episodio. Europa no podía ignorar los ataques de furia de sus niños, pues necesitaba que todos estuviesen de acuerdo con las nuevas normas. Con cara de estupor, Europa anunció: “Necesito tiempo para estar sola”, y salió de la habitación tapándose la cara con las manos. Una espesa nube negra permaneció sobre la casa a lo largo de los meses posteriores. Ni siquiera la adopción en la primavera de 2007 de Gabriela, de Bucarest, y de Stefka, de Sofía, consiguieron cambiar el humor de la familia.

Antes de lo que nadie se podía imaginar, el 25 de marzo de 2007 llegó. Al ser el más mayor, Michel pensó en invitar a todos sus hermanos a Berlín para celebrar una fiesta familiar. Sabía que se necesitaba una ocasión especial para unir de nuevo a todos tras la reciente crisis. Y, de repente, ese momento tan deseado se materializó. La voz rasgada de la cantante italiana Gianna Nannini se elevó por encima de la algarabía del gran grupo. La canción ‘Grazie’ flotaba en la garganta de cada uno y, mirándose con amor, todos se precipitaron a los brazos de los otros. Entre la masa, la joven Fatma observaba con una gran sonrisa en sus labios, mientras se acariciaba su enorme barrigón en avanzado estado de gestación.

Autor: Jochen Markett
Ilustración: Maria Messing
Traducción: Alfredo Poves


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