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Mi anhelo por Europa

 Redescubrimos el sentimiento de añorar el hogar, pensando en éste a escala continental.

Se ha hecho tarde en Ciudad del Cabo. La Table Mountain se esconde lentamente tras gruesas nubes. Me retiro de mi visión y me giro hacia mi  anfitrión, Jan. Toma un sorbo de vino de su copa; hablamos sobre la vida en Europa y África. Jan es un culto sudafricano con ancestros Borres. A pesar de que su país es el más bello del mundo, elogia las metrópolis –Berlín, París y Viena-  que ha visitado en los últimos años. Recientemente, cuando estuve en Berlín, me di cuenta del pulso de la vida.  Allí realmente se puede sentir. Me habla de autobuses nocturnos, de cafés que abren hasta pasada la medianoche, de clubes, de opciones de estudios, de la relativa libertad comparada con Ciudad del Cabo.

Desde entonces, he estado pensando mucho en las palabras de Jan. Realmente, ¿soy tan positivo en cuanto a mi ciudad natal, Berlín? Soy feliz aquí, incluso estoy orgulloso de este lugar, pero es un sentimiento que sobrepasa los límites de la ciudad. Se trata de un anhelo por Europa.

La última vez que me embargó este sentimiento fue durante un viaje a los Pirineos franceses. Pasé unos días con unos amigos en un pequeño pueblo lleno de locos que querían alejarse de la sociedad. Se parecía a Ciudad del Cabo. Mirando las montañas dejaba fluir mis pensamientos cuando, de repente, el sentimiento me tomó con fuerza: esa extraña añoranza por Europa.

Es difícil deshacerse de este sentimiento. En las semanas siguientes me sorprendí con la cantidad de gente que entendía inmediatamente cuando trataba de explicárselo. Igor de Moldavia viajó a Nueva York y la descubrió. Kata de Budapest lo sintió mientras realizaba sus estudios de derecho en Constanza. Vegard de Oslo tomó clases de submarinismo en Vancouver y añoraba su hogar como nunca antes. Incluso Vitaut de Ronda en Bielorrusia lo sintió. No es como el sentimiento normal de añorar tus propias cuatro paredes. Es un sentimiento extraño que ni mis padres ni mis abuelos sintieron.

No lo pillan. No quiero simplemente viajar, experiencia, consumir. Quiero sumergirme en este sentimiento, quiero sentirme como en casa en cualquier parte de mi continente. Igor, Kata, Vegard, Vitaut y yo hablamos de temas parecidos, tenemos estudios, nos gusta el mismo tipo de música y nos enfrentamos al mismo tipo de problema en nuestras relaciones. Éste es el tipo de intimidad en la producción.

De repente, sé cómo se siente uno al alegrarse por la victoria del Campeonato de Liga del Porto FC, mover las greñas cuando Lordi arrasa en Eurovisión o encontrarme con todo el mundo en el festival Sziget de Budapest. Después, súmale las horas de conferencias por el Skype mientras producimos una revista europea común –todo esto se siente como Europa.

No me malinterpreteis. No soy el tipo de persona que se marea cuando alguien llama a Europa “bastión de la paz”. Esto es algo conocido para mí. Sé que no estoy sólo al demandar algo más que esto. Nuestra generación no es pasiva, nosotros reaccionamos. No somos políticos en Bruselas elaborando guías temporales en lugar de crear visiones duraderas. A lo largo de los últimos años he visto un movimiento generacional de vanguardia, del tipo que mira a Europa como una idea que se puede hacer realidad.

Autor: Björn Richter
Foto: Carl Berger
Traducción: Alberto Iriarte


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